Megalópolis II ®
Es un día soleado. Como muchos otros que se suceden en una cadena infinita que me llevan al remolino del inodoro. La serotonina en mi cerebro me pide estimulación temprana, así que enciendo el Mini Componente, el Home Theatre, el portátil, el Play Station 2, el microondas y la luz halógena. La información me desborda: me entero que la nueva canción de la banda disuelta por el reciente suicidio de su cantante ha aumentado la violencia entre adolescentes en colegios mixtos por falta de tolerancia racial ya que Max Steel llega con sus armas de combate y le dice a Lara Croft que no es capaz de disparar con ambas manos mientras le practica felación a su padrastro que asesina brutalmente a sus tres hijos y a su esposa vertiendo veneno para ratas en la leche en polvo para luego cortarse las venas y aparecer en el noticiero de la noche con lágrimas actuadas afirmando que era lo mejor para su familia. Esto es vida. No necesito moverme. Ni para informarme, ni para comer, ni para bañarme, ni para tener sexo. Busco la sección: lolitas. Marco el número. Sí señorita. Ya tengo cuenta. Sí. De dieciséis. Sí. Trigueña y en uniforme. No. A las diez de la noche. Mejor que sean dos. Le agradezco. Cuelgo el teléfono. Mientras me preparo para consumar por vigésimo quinta vez el sueño mojado de todo hombre pedofílico proxeneta -valga la triple redundancia-, me dejo llevar por los mares digitales del hiperespacio colmado de píxeles de múltiples colores que forman las constelaciones más deliciosas del porno más decadente y excitante. Suena el celular. Qué más. ¿Rumba en el Castillo? No. Llego más tardecito. Tú sabes. Deja la envidia. Por ahí a las doce. Fresco, yo le llevo la merca. Suena el timbre. Te tengo que dejar, ala. Corto comunicación. Abro la puerta. Ella tan cumplida. Siempre llega a la hora del baño de burbujas. Le subo a la música y al televisor. Saco los juguetes. Dos horas de sudor, agua, sadomasoquismo y orgasmos. Como viene, se va. Mierda. Hasta ahora son las cinco. En estos días en que ese maldito astro lumínico calienta el asfalto y levanta los hedores más pestilentes de unas calles putrefactas como las de esta ciudad donde tuve la desgracia de nacer, lo mejor que puedo hacer es jugar un poco Resident Evil y ver las mejores películas de hentai mientras chateo con dos quinceañeras. Pasan las horas. Suena el teléfono. Sí. Sí señorita. Yo las espero. Confío en que conoce mi exquisito gusto. Por fin comienza mi día, en la noche. Son cumplidos, por eso siempre solicito el servicio allá. Suena el timbre. Llegaron mis niñas. Abro la puerta. Hermosas como siempre. Son nuevas. Primera vez que me las mandan. Delicadas. Una es virgen. Sigan, por favor. Pónganse cómodas. Sí, ahí no mas en la sala que nadie nos ve. Pero comencemos con algo suave. Vodka. No sean tímidas. Sí. Me gusta como se acarician y se besan. Tranquilas, pueden dejar la ropa donde quieran. Tú primero. Y tú después. Pero primero ustedes dos. Yo las miro. Más bien vamos a mi alcoba. La cama es amplia. No sé cuánto tiempo ha trascurrido, pero hemos tenido las horas suficientes para repasar el Kamasutra ilustrado. Hasta para ver el video de la actriz famosa. Intentamos algunas de esas poses. Esas sí son complicadas. Suena el teléfono. La señal del final. Como llegan, se van. Me baño otra vez, pero ésta es en serio. Hay que estar fresco para las rumbas del Castillo. Quizá encuentre otro plato como el que acabo de cenar. Tal vez más económico. No importa. Tal vez más exquisito. Las llaves del carro. El discman. El celular. El cargador. El Mercho en la puerta. Qué ruido que hacen para la hora que es. Huele a pólvora. Y qué gritería. Este barrio se está volviendo muy vulgar. Espero irme pronto para Miami. Me duele el estómago. Y una pierna. Caigo al piso. Unas punzadas me hacen retorcer. Sangre. Me estoy mareando. No se lleven el carro…
Cuento finalista del II Concurso Literario Umpalá 2005 organizado y publicado por Sic Editorial.
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Tags: Cuento, II, Megalopolis
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